Nuestra recompensa de sobrevivir a las Navidades es el año nuevo, que trae la gran tradición de los propósitos de año nuevo. Es duro resistir la oportunidad de un nuevo comienzo, una oportunidad de dejar los problemas del último año en pasado.


¿Quién puede determinar cuando termina lo viejo y empieza lo nuevo? No es un día del calendario, ni un cumpleaños, ni el año nuevo. Es un suceso, grande o pequeño, algo que nos cambia. Lo ideal, sería que nos diera esperanza para una nueva forma de vivir y ver el mundo. Dejar que se vayan los viejos hábitos, viejos recuerdos… Lo importante es que nunca dejemos de pensar que podemos tener un nuevo comienzo. Pero también es importante recordar que entre toda la mierda, hay algunas cosas que realmente vale la pena mantener.


Hay momentos en la vida en la que llegamos a un cruce de caminos, temerosos, confusos, sin un mapa de carreteras. Las decisiones que tomamos en esos momentos pueden decidir el resto de nuestros días. Aunque cuando nos enfrentamos a lo desconocido, la mayoría preferimos dar la vuelta y regresar. Pero a veces, la gente sigue hacia algo mejor, algo que se encuentra más allá del dolor de caminar solo y más allá del valor que se necesita para aceptar a alguien, o para dar a alguien una segunda oportunidad. Algo que está más allá de la callada persistencia de un sueño. Porque solo cuando te ponen a prueba, descubres quien eres de verdad. Y solo cuando te ponen a prueba, descubres quien puedes llegar a ser.



En las calles del silencio me refuigo.
En los vientos de la nada yo me escondo.
En los vicios del perdida hoy me encuentro.

Estoy frágil y lo sé,
estoy débil pero me duele hacertelo ver.
Estoy en ese lugar en que nada sale bien...

Hoy me siento apagada,
hoy me siento aturdida,
es que hoy me siento sin mi cielo.

Me acuerdo de mi único amor,
pero tambien de mi última obsesión,
pienso solo pienso, porque ya nada tengo.

Olvido y presiento..
Extraño al futuro,
y veo lo que no siento.

No me entiendo,
no creo que nadie lo haga,
solo escribo en el intento de hacerme
sentir bien y no molestar a terceros.


A veces creo perderme. Camino con cuidado y a cada paso que doy miro atentamente a ambos lados. No creo saber por donde voy o en donde me estoy metiendo, pero sigo; sin miedo. Pienso cuidadosamente cada movimiento, para no caerme y volver a sentir el fracaso. Cada instante que pasa me doy cuenta de que me encuentro cada vez mas perdida y aunque mi paso sea seguro y mi mirada altiva no creo saber donde estoy.

Comienzo a desesperarme al darme cuenta que mis pasos comienzan a perder seguridad y que ya no me siento como antes.
 

No puedo evitar preguntarme qué está pasando, qué me está pasando. Busco respuestas, las cuales no hallo, pero no me rindo. Sigo mi camino, ahora con miedo, que me paraliza. Paro. Me siento a pensar y trato de tranquilizarme. No puedo. Decido correr, sin mirar hacia ningún lado, sin pensar, sin punto de conexión con la realidad. Entonces me doy cuenta del error que estoy cometiendo, y me decido a volver. Pero ya es tarde, la niebla no me deja ver hacia atrás ni retomar mi antiguo rumbo. Me encuentro aun mas desorientada que cuando empecé. Pero sigo inexorable. Trato de no rendirme, como lo hice alguna vez.


En la ansiada espera de encontrarme oigo voces a lo lejos. Comienzo a gritar e intento que alguien me escuche. Nada. Sigo mi instinto. Esta vez no miro donde piso, solo me dejo llevar por lo que oigo. De repente veo una luz brillante, tanto como el sol. Me veo obligada a elegir entre lo que veo y lo que oigo. No lo dudo, sigo las voces con la esperanza de encontrar alguien que me pueda decir dónde estoy.


El viento ya borra mis pisadas. Sigo perdida. El miedo vuelve y el camino se hace cada vez más tedioso. Trato de sentarme y reflexionar, pero las voces, todavía en mi cabeza, no me dejan. Grito totalmente desesperada, cansada y eufórica, entonces de repente las voces que creía escuchar, aquellas que había estado siguiendo, desaparecen...


Ya solo me queda la luz, esa tan brillante como el sol…

Hay una parte de mí que no me obedece que me traiciona en cuanto le doy la espalda y me pone una trampa apenas me descuido. Me hace cruzar los semáforos en rojo, estacionar donde no debo, ir a contramano, fumar hasta mancharme la vida de nicotina, hacer promesas que no cumplo, llegar tarde a la dicha, a la suerte, al trabajo, al amor. Actúa por si sola y se complace a si misma. Se ríe de la ley, no respeta las normas y boicotea mi vida diariamente. No puedo controlarla, no sé que hacer con ella. Aunque habite en mí nunca la he visto, es una extraña inquilina que no puedo desalojar. Se asoma cuando me equivoco, se manifiesta en cada olvido, aparece cuando no pienso, cuando duermo, cuando sueño. Es esa parte de mí que me hace tropezar dos veces con la misma piedra, jugar con el fuego, caminar al borde del precipicio, que te desea a mi pesar y no me deja decirte adiós aunque eso implique decir hola a otra cosa. Es esa parte de mí que pasa por tu casa, porque en el fondo sabe, que hay una parte de ti que siempre me estará esperando en el balcón.